Madero estuvo unos días en Nueva Orleáns, cuando ya se sabía de sus intenciones de involucrarse en un cambio de la situación política del país. Esto no era cosa rara en un hombre que provenía de familia rica. Él y su familia hacían viajes frecuentes al extranjero para descansar o alejarse del nefasto ambiente que prevalecía en México durante ese tiempo para las clases pudientes y educadas.
Por unas cartas que le envió a su mujer se sabe de su escaso interés en desentrañar o ver lo que estaba a simple vista. Madero, dado en creer en espiritualismo, y en las propiedades curativas de la medicina homeopática, no vio que la otra gran ciudad también estaba desquebrajada por relaciones raciales donde la desigualdad era evidente. México, durante su estancia en la ciudad sureña de Estados Unidos, estaba a punto de agitarse violentamente y arrojarse en un conflicto armado del cual él no saldría bien librado, más que por la historia oficial que le ha atribuido madera de revolucionario. Nuestro hombre en Nueva Orleans va a la opera y le cuenta a su mujer de su lectura del Mahabharata. Si, Madero sentía más atracción por el estudio de la literatura hindú que por la filosofía, política o historia nacional para entender de mejor manera la realidad de las cosas y la naturaleza de los hombres. Es entonces lógica su propuesta de solución a los problemas sociales durante el porfiriato. Sus efectos serán análogos a los de la medicina homeopática.
Se sabe que Madero hizo algunos estudios en Estados Unidos y que su experiencia en tierras civilizadas lo convirtió en un hombre eficaz en los negocios, de mentalidad clasemediera que creía que la solución de los problemas en México, durante el porfiriato, radicaba en la aplicación de la ley. Quizá tenía razón. Sin embargo, su interés por la política no fue más allá de una participación, casi forzada por el destino, donde el interés por un cambio de gobierno y las presiones de clase limitarían su visión del monstruo que estaba despertando. Es entendible su propuesta de hombre que pertenecía a una clase pudiente y que creía, por ejemplo, que la solución al hambre de justicia de un grupo de campesinos en Morelos consistía en darle a los en ayuno forzado una pieza de pastelillo francés para saciar el hambre. Incluso sus trabajadores gozaban de excelentes relaciones laborales y beneficios, incluidas dosis de medicina homeopática para los enfermos. Es imaginable su disgusto de hombre rico por una clase gobernante corrupta que defendía, se reproducía y se prolongaba en el poder con un sistema de cosas donde la ley era materia muerta. De ahí que su lógica de hombre que había caminado por calles civilizadas del primer mundo imaginara que lo que haría funcionar la maquinaria de mejor manera sería un cambio de tornillo y una aceitada. Madero no estaba interesado en sustituir la vieja maquinaria con nuevas leyes, nuevas relaciones de poder y una más justa distribución de la riqueza.
Yo creo que Madero no entendió el real problema de las relaciones sociales de México, la desigualdad y la estrechez del acceso a la justicia de las clases sociales que sufrían la gota gorda durante esos años. Ahí entonces el problema del hombre que decide cambiar el estado de algunas cosas, pero no las que favorecen a sus parientes y similares. Renunciar a lo que había costado tanto esfuerzo era como contradecirse. Pero ahí también el problema de los ricos y poderosos en México. Del asunto de la distribución de la tierra no quiso hablar. No se le reprocha que haya ideado un plan y una campaña política para desbancar a un viejo político mediante la efectiva aplicación del sufragio y el derecho a ser votado. Sin embargo, Madero no quería un cambio radical. Si él no hubiera despertado el monstruo, otros lo hubieran hecho. Ya para entonces, otros eventos sociales y fuerzas que provenían de la provincia, de una u otra forma desencadenarían un movimiento social de gran magnitud.
Por otro lado su convencimiento a ser protagonista de la revolución, fue más un llamado, producto de su inclinación a creer en la magia y en la charlatanería, que un meditado y concertado plan con los pros y contras de una acción política. Madero no era escaso de recursos, tenía una legión de seguidores que había estado clamando por un cambio y también gozó temporalmente del respeto y admiración de revolucionarios del tamaño de Emiliano Zapata y Francisco Villa. Pero cuando evaluamos sus acciones parece que Madero es llevado de un lado a otro por las circunstancias y acciones de otros hombres, adversarios o simpatizantes. Tal vez si hubiera encontrado, sin quererlo, en una de las librerías de viejo en Europa, El príncipe de Maquiavelo y lo hubiera leído, la revolución mexicana hubiera tomado otros rumbos.
Fue entonces una aparición que lo convenció a actuar e invertir en una campaña política para derrocar al dictador y ser parte de un movimiento social del que la aparición no le aclaró bien a bien sus causas y consecuencias. Ahí pues otro problema, es como si la justificación a enrolarse en las filas de un movimiento social fuera sustentada más en los dichos de una aparición que en un real entendimiento y compromiso meditado de porqué es necesario un cambio. Tampoco se le reprocha que una aparición le haya iluminado el camino y convencido del necesario compromiso. Eso pudo haber sido una invención, una triquiñuela política en su favor para convencer a las clases en disgusto del necesario cambio. O su pensamiento era un reflejo de la clase social a la que pertenecía o era escaso de entendimiento. Eso queda a los lectores desentrañarlo y meditarlo. |