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|testimonio en Atenco por documentalista chilena expulsada de Mexico |

Autor(a): Carta de Valentina Palma Novoa Fecha: 4:13am Miércoles 10 Mayo 2006 Categoría: Derechos Humanos y Acciones Urgentes

Mi nombre es Valentina Palma Novoa, tengo 30 años, de los cuales los últimos once he vivido en México. Soy egresada de la Escuela Nacional de Antropología e Historia y actualmente curso el cuarto año de Realización cinematográfica en el Centro de Capacitación Cinematográfica. Tengo FM 3 de estudiante.
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Miércoles 10 de mayo de 2006

A continuación quisiera relatar a usted los acontecimientos de los que
fui testigo durante los violentos incidentes ocurridos en el poblado de
San Salvador Atenco el Jueves 4 de Mayo del 2006, los cuales terminaron
con mi expulsión del país de manera injusta y arbitraria.

1.- El día miércoles 3 de Mayo, luego de ver las noticias en televisión
y enterarme de la muerte de un niño de 14 años, mi condición de
antropóloga y documentalista hizo que me conmoviera con el deceso de
este pequeño por lo cual decidí dirigirme a San Salvador Atenco a
registrar cual era la situación real del poblado. Pasé allí la noche,
registrando las guardias que la gente del pueblo había montado y
realizando entrevistas en las mismas. Hacía frío, me arrime a las
fogatas que la gente del pueblo había montado mientras seguía
registrando imágenes. La luz del amanecer anunciaba un nuevo día: jueves
4 de Mayo. Han de haber sido como las 6 de la madrugada cuando las
campanas de la iglesia de San Salvador Atenco comenzaron a sonar: tum
tum tum tum, una y otra vez, mientras por el micrófono se vociferaba que
la policía estaba sitiando el poblado. Las bicicletas iban de un lado a
otro, la panadería de un costado de la iglesia ya había abierto sus
puertas y la calidez del olor del pan recién horneado inundaba la calle
junto con el ir y venir de los campesinos en bicicleta. El señor que
vendía atoles me dijo que tuviera cuidado, que los que venían “eran muy
cabrones”. Me dirigí a una de las guardias, donde los campesinos
miraban en dirección a la manada de policías que allá a lo lejos se
veía. Metí el zoom de la cámara, me di cuenta que eran muchos y que
cubiertos por sus escudos avanzaban dando pequeños, imperceptibles
pasos. Sentí miedo, ellos eran muchos fuertemente armados y los
campesinos pocos y desarmados. En la pantalla de mi cámara veo como uno
de los policías apunta y dispara hacia nosotros un proyectil que cuando
llego a mi lado pude oler y sentir que era
de gas lacrimógeno. Más y más gases lacrimógenos rápidamente fueron
sepultando la calidez del olor a pan recién horneado y transformaron el
angosto callejón en un campo de batalla. El aire era ya irrespirable y
me fui a la plaza mientras las campanas sonaban con mas fuerza, por
diferentes calles se veía a la policía a lo lejos avanzar. La poca
resistencia que hubo por parte de los campesinos dejó de resistir ante
el ataque de las fuerzas policiales que abruptamente se avalanzaron
sobre los pobladores. Apagué mi cámara y junto con los demás corrí lo
más rápido que pude. Frente a la iglesia había un edificio público con
las puertas abiertas y ahí me metí a esperar ilusamente que la
turbulencia pasara. Habían ahí dos jóvenes resguardándose también
ilusamente del ataque. Éramos tres y nos mirábamos las caras angustiados
y con miedo. Cuidadosamente me asomé a mirar a la calle y vi como
cinco policías golpeaban con toletes y patadas a un anciano tirado en el
piso sin
compasión alguna. Sentí más miedo, regresé y le dije a los otros dos
jóvenes que necesitábamos escondernos más, que ahí estábamos muy
expuestos. Ilusamente nos subimos a la azotea y acostados boca arriba
mirábamos los helicópteros que como moscardones ronroneaban en el cielo,
mientras el sonido de los disparos fueron formando parte del paisaje
sonoro del lugar. Una voz de hombre violentamente nos gritoneaba “bajen
a esos cabrones que están en la azotea”. Primero bajaron los dos
jóvenes, yo desde arriba miraba como los golpeaban y con pánico no quise
bajar, ante lo que un policía gritó: “bájate perra, bájate ahora”. Baje
lentamente, aterrorizada de ver como golpeaban en la cabeza a los dos
jóvenes. Dos policías me tomaron haciéndome avanzar mientras otros me
daban golpes con sus toletes en los pechos, la espalda y las piernas.
Mis gritos de dolor aumentaban cuando escuche la voz de alguien que
preguntaba por mi nombre para la lista de detenidos, respondí:
“Valentina, Valentina Palma Novoa”, mientras un policía me ordenaba que
me callara la boca y otro me golpeaba los pechos. Una voz de hombre
ordenó que me taparan con los escudos para que no vieran como me
golpeaban. Se detuvieron a un costado de la iglesia y ahí me ordenaron
que junto a los demás detenidos me hincara y pusiera mis manos en la
nuca. Siguieron golpeándonos, mi celular sonó y una voz ordenó que
registraran mi bolsa. En ese momento fui despojada de mi cámara de
video, de mi celular y mi pequeño monedero con mis identificaciones y
quinientos pesos. Me levantaron de los pelos y me dijeron “súbete a la
camioneta puta”. Apenas podía moverme y ellos exigían extrema rapidez en
los movimientos. Me avalanzaron encima de otros cuerpos heridos y
sangrantes y me ordenaron bajar la cabeza sobre un charco de sangre, yo
no quería poner mi cabeza en la sangre y la bota negra de un policía
sobre mi cabeza me obligó a hacerlo. La camioneta encendió motores y en
el camino fui manoseada
por muchas manos de policías, yo solo cerré los ojos y apreté los
dientes esperando que lo peor no sucediera. Con mis pantalones abajo,
la camioneta se detuvo y se me ordenó bajar, torpemente baje y una mujer
policía dijo: “a esta perra déjenmela a mí” y golpeó mis oídos con las
dos manos. Caí y dos policías me tomaron para subirme al bus en medio de
una fila de policías que nos pateaban. Arriba del bus otra policía
mujer preguntó mi nombre mientras dos policías hombres pellizcaban mis
senos con brutalidad y me tiraron encima del cuerpo de un anciano cuyo
rostro era una costra de sangre. Al sentir mi cuerpo encima el anciano
gritó de dolor, trate de moverme y una patada en la espalda me detuvo,
mi grito hizo gritar al anciano nuevamente, que pedía a dios piedad.
Una voz de mujer me ordenó que me acomodara en la escalera trasera del
bus, así lo hice y desde ahí pude ver los rostros ensangrentados de los
demás detenidos y la sangre esparcida en el piso. Sin estar yo
sangrando, mis manos y ropa estaban salpicadas de sangre de los otros
detenidos. Quieta y escuchando los quejidos de los cuerpos que estaban
a mi lado, escuchaba como seguían subiendo detenidos al bus y
preguntando sus nombres en medio de golpes y gritos de dolor. No sé
cuanto tiempo pasó, pero el bus cerró sus puertas y hecho a andar. Dimos
vuelta cerca de dos o tres horas. La tortura comenzó y cualquier pequeño
movimiento era merecedor de otro golpe más. Cerré los ojos y trate de
dormir, pero los quejidos del anciano que estaba a mi lado no lo
permitieron, el anciano decía: “mi pierna, mi pierna, dios, piedad,
piedad por favor”. Lloré amargamente pensé que el anciano moriría a mi
lado, moví mi mano y trate de tocarlo para darle un poco de calma, un
tolete fue a dar sobre mi mano, ante lo cual, con un gesto, pedí
compasión al policía que dejó de golpearme. Queriendo darle un poco de
amor acaricie la pierna del anciano que por unos momentos dejó de
quejarse. Le
pregunte su nombre y me respondió. “Si me muero no lloren, hagan una
fiesta por favor”. Lloré en silencio sintiéndome sola en compañía de los
otros tantos cuerpos golpeados, pensando lo peor; que nos llevarían a
quien sabe que lugar y que ahí nos matarían y desaparecerían a todos.
Por un momento me dormí, pero el olor a sangre y muerte me despertó. Al
abrir los ojos vi la pared de una cárcel. El bus se detuvo y una voz
ordenó que bajáramos por la puerta trasera. Me ordenaron pararme y la
puerta se abrió y mi cara llorosa y descubierta vio una fila de
policías, sentí miedo otra vez. Desde abajo una voz ordenó que se
cerrara la puerta y que los detenidos debían salir con el rostro
cubierto. Un policía me tapó la cabeza con mi chamarra y las puertas
volvieron a abrirse otra vez. Abajo del bus un policía me agarro con una
mano de los pantalones y con la otra mantenía mi cabeza gacha. La fila
de policías comenzó a tirar patadas a mi cuerpo y al de los demás
detenidos que
eran parte de la fila. La puerta del penal se abrió y nos avanzaron
por estrechos pasillos en medio de golpes y patadas. Antes de llegar a
una mesa de registro, cometí el error de levantar la cabeza y mirar a
los ojos de un policía, el cual respondió a mi mirada con un golpe de
puño duro y cerrado en mi estómago que me quitó el aire por unos
momentos. En la mesa preguntaron mi nombre, mi edad y nacionalidad,
luego de eso me metieron a un cuarto pequeño donde una mujer gorda me
ordenó quitarme toda la ropa, pedía rapidez ante mi torpeza producto de
los golpes. “Señora estoy muy golpeada, por favor espere” le dije. Me
revisó, me vestí nuevamente y volvió a cubrir mi cara con la chamarra.
Salí del cuarto y nos ordenaron hacer una fila de mujeres para ingresar
formadas y cabeza abajo al patio del penal, que luego me entere que le
decían “almoloyita” en la ciudad de Toluca. Han de haber sido las dos
de la tarde del jueves 4 de Mayo cuando ya estábamos dentro de las
instalaciones del penal. Nos llevaron a un comedor y nos separaron a
hombres y mujeres. En una esquina, en medio de llantos las mujeres nos
contábamos las vejaciones de las que habíamos sido objetos. Una joven
me mostró sus calzones rotos y su cabeza abierta llena de sangre, otra
contaba que la habían llevado en medio de dos camiones mientras la
golpeaban, vejaban y decían “te vamos a matar puta”. Otra joven me
comentó que tal vez y estaba embarazada, todo en medio de llantos y
apretones de manos solidarios. El estado de shock entre las mujeres era
evidente. En frente nuestro los hombres conversaban entre ellos mientras
nosotras observábamos sus rostros sangrantes y deformados producto de la
brutal golpiza. En eso estábamos cuando una mujer se acerca a nosotras y
empieza a dar algunos nombres y pide que nos separemos del grupo. Éramos
cuatro: Cristina, María, Samantha, Valentina. Se nos une al grupo un
quinto; Mario. Éramos los cinco extranjeros detenidos. Al momento
llega un hombre, creo que era el director del penal y nos dice que allí
donde estábamos, estábamos seguros, que aquí nadie nos golpearía, que lo
que hubiese pasado antes de ingresar al penal no tenía nada que ver con
él, como si dentro del penal no nos hubiesen también golpeado. Le
pedimos hacer una llamada, petición que nos fue negada. Mientras los
detenidos visiblemente mas heridos eras sacados del lugar rumbo al
centro de atención médica que había dentro del penal; no eran unos ni
dos, de los ciento y tantos detenidos que éramos, han de haber habido
unos 40 con lesiones gravísimas. Uno de los primeros en salir fue el
anciano moribundo que a mi lado en el camión iba, a quien no volví a ver
nunca más. Nos llegó el turno a los extranjeros de ir a hacernos el
chequeo médico. Yo tenía moretones en los pechos, la espalda, hombros,
dedos, muslos y piernas, se recomendó hacerme una radiografía de las
costillas pues me costaba respirar, cosa que en ningún momento se hizo.
La enfermera que tomaba nota y el médico que me atendió actuaban con
total indiferencia a mi persona y las lesiones que presentaba. Salí de
la oficina médica a esperar que Cristina, María, Samantha y Mario
terminaran el chequeo. El seudo chequeo médico terminó y nos llevaron a
una sala para tomarnos declaración. Extrañamente un licenciado salido
de quien sabe donde nos recomendó que no prestásemos declaración,
comentario que era contradicho por las personas que estaban tras la
maquina de escribir. “Está bien si no quieres declarar, estas en tu
derecho, pero sería bueno que dejaras constancia de lo que te pasó”, me
decía una licenciada. Mientras hacíamos las declaraciones, comenzaron a
llegar al lugar muchos hombres de corbata que haciéndose los chistosos y
amables nos preguntaban quienes éramos y como y porque habíamos llegado
al poblado de Atenco, que si acaso sabíamos lo peligrosa que era esa
gente. Cayó la lluvia y nos trasladaron al comedor con todos los demás
detenidos, se nos obligó a sentarnos y no podíamos establecer contacto
con los detenidos mexicanos, si queríamos ir al baño debíamos pedir
permiso. Llegaron funcionarios de derechos humanos a tomarnos
declaración y fotos de nuestras lesiones, las declaraciones fueron
tomadas sin interés, mecánicamente. Se nos obligó a que registráramos
nuestras huellas, nos tomaron fotos de frente y ambos perfiles, nos
dijeron que eso no era una ficha, que era un registro necesario pues era
muy probable que en la madrugada saliéramos en libertad y que para eso
se necesitaba hacer la ficha. Una olla de café frío y una caja con
bolillos fueron la cena. Ha de haber sido la media noche y me acosté
en una dura banca de madera a tratar de dormitar un poco, fue imposible,
hacía frío y no tenía cobija. Del lado de los hombres, un rasta se dio
cuenta de mi impaciencia ante el no poder dormir y comenzamos a
hablarnos de un lado a otro con señas. Estábamos en eso cuando se
presenta un custodio y
comienza a dar los nombres de los cinco extranjeros. Nos levantamos,
dimos un pequeño adiós a los demás detenidos y abandonamos el lugar.
Nos llevan a un lugar de registro, nos entregan nuestras pocas
pertenencias y nos sacan del lugar camino a una camioneta diciéndonos
que nos llevarían a una oficina de migración en Toluca. Afuera del penal
escuche voces conocidas que gritaban mi nombre, me acerco a las rejas y
puedo distinguir a muchos de mis amigos que me preguntan como estoy, les
digo que mas o menos y que nos llevan a migración de Toluca. Ellos me
dicen que me van a seguir que no me van a dejar sola. Mi tía Mónica me
pasa un sobre que contiene mis documentos migratorios y María Novaro, mi
maestra y mamá en México, me da una chamarra para el frío. Así me subo a
la camioneta que cierra sus puertas y oscuros nos vamos. Pasamos a una
oficina en Toluca a buscar a una licenciada y de ahí nos llevan a la
estación migratoria de las agujas en el DF. Han de haber sido las
tres de la madrugada cuando llegamos a la estación migratoria. Ahí una
vez mas, un médico de mala gana constató lesiones. Dormitamos un rato
porque a la hora en que llegamos no era horario de oficina, así que no
habían muchos funcionarios en el lugar. Dieron las 7 de la mañana y un
auxiliar nos llevo cereal con leche. Luego me tomaron declaración, una
declaración en donde además de preguntar por mis datos personales, me
hicieron preguntas cómo: ¿conoces al EZLN?, ¿has estado en Ciudad
Universitaria?, ¿participaste en el foro mundial del agua?, ¿conocías a
los otros extranjeros detenidos?, etc. Firme la declaración a la que
se adjunto mi documento migratorio, una carta de mi centro de estudios,
una carta de mi maestra María Novaro, mi pasaporte, mi cédula de
identidad chilena y mi credencial internacional de estudiante. Estaba en
eso cuando recibo una llamada del cónsul de Chile en México, quién me
pregunta mi nombre, el numero de mi cedula de identidad y si tengo algún
pariente en México, me informa que lo que él puede hacer es velar que
el proceso correspondiente se realice en las condiciones legales
pertinentes. Regreso a continuar mi declaración y las preguntas sobre
el EZLN, el subcomandante Marcos y Atenco se repiten. Mientras tanto
afuera de la estación migratoria se habían congregado amigos y
familiares, con los cuales no se me permite comunicar, traté de hacerlo
a través de señas y carteles, pero incluso eso nos es negado. Me
llevan a un cuarto en donde hay tres hombres que me dicen que están ahí
para ayudarme, ellos me toman fotos de frente y ambos perfiles y en todo
momento graban la conversación. Me preguntan mi nombre y si tengo algún
alias, que si conozco al EZLN, que si he ido a la Selva Lacandona, que
les dé nombres que puedan dar antecedentes de mí, que qué tipo de
documentales me gusta realizar. Me dicen que mi amiga América del
Valle esta preocupada por mí porque me había perdido mientras
escapábamos del lugar,
mujer de la cual recién en Chile me entero que es una de las dirigentes
de Atenco que la policía persigue. Al terminar el interrogatorio, mis
huellas dactilares son tomadas en una maquina muy sofisticada que va a
dar a una computadora. Me sacan de la sala y me llevan a otra donde hay
tres visitadoras de la comisión nacional de derechos humanos y luego de
que las dos españolas y yo les contamos lo que hemos vivido, nos
recomiendan urgentemente solicitar un abogado para que se gestione un
recurso de amparo ante una posible deportación. El ambiente ya es tenso,
así que le pido a una de las abogadas una pluma y un papel, para
escribir “1 abogado” y mostrárselos por la ventana a mis amigos que
están afuera, en ese momento entra un licenciado de migración y al verme
escribiendo me dice: “¿necesitas un abogado?, yo soy abogado, cual es tu
problema”, le contesto que quiero poner un amparo, ante lo que el me
responde que no es conveniente poner un amparo porque el amparo
implicaría estar en la estación migratoria un mes y que lo mas probable
era que pronto saliésemos en libertad, las visitadoras de derechos
humanos, lo increpan y le dicen que por favor me dejen hablar con alguna
de las personas que están afuera. La visita se concede y hablo con
Berenice, con quien me dejan hablar cinco minutos, a ella le digo que
necesito un amparo y me dice que eso ya esta. Me despido abruptamente de
ella y luego me llevan a hacerme un chequeo médico por segunda vez en
esta estación migratoria, estoy en eso, cuando un licenciado llega
apresuradamente a interrumpir el chequeo y me dicen que me van a
trasladar a otro lugar, yo pregunto que adónde y no se me da respuesta.
Al salir de la consulta médica me encuentro a una de las visitadoras
de derechos humanos y le digo que por favor avise a mis amigos que están
afuera que me van a trasladar, le pregunto al licenciado que adonde me
llevan y me responde que a las oficinas centrales de migración, no me
dejan seguir hablando con él y me suben a un auto particular en el que
también estaba Mario, mi compatriota. Me subo, se suben tres policías,
se cierran las puertas y una policía pide cerrar las ventanas. La reja
de la estación migratoria se abre y el carro se va como escapándose de
algo. Íbamos por periférico a más de 100 Km. por hora en medio de un
tráfico contundente. Pregunto que adonde nos llevan y no obtengo
respuesta, ya en el camino, me doy cuenta que vamos rumbo al aeropuerto
y que delante de nosotros van dos carros más; uno con Samantha, la
alemana y otro con María y Cristina, las dos españolas. Ante la
inminencia de la expulsión injustificada en todo momento, no me queda
más que cerrar los ojos y apretar los dientes y pensar: otra violación
más. Llegamos al aeropuerto como a las 6 de la tarde. Nos bajan de los
autos y nos ingresan custodiados a una sala completamente blanca donde
nos mantienen detenidos una hora o más. Luego nos ingresan a las salas de
espera al interior del aeropuerto, donde nos mantienen custodiados.
Primero sale el vuelo de Samantha. Seguimos esperando y en la espera yo
no hago mas que llorar, me siento mal, me paró y trato de caminar por el
pasillo, se me acerca una custodia y me dice que debo estar sentada, “me
siento mal” le digo, “no me voy a escapar, déjame”. Sigo llorando y un
policía se acerca y me dice: “ya no estés así, no conviene esa actitud,
si te sirve de consuelo, déjame decirte que no estas deportada, que solo
has sido expulsada del país, pero puedes volver a entrar en cualquier
momento”. Ilusamente sus palabras me calman. Nos llevan a un bar a
fumarnos unos cigarros porque todas estamos muy alteradas. El vuelo de
Lan chile de aproximadamente las once de la noche es anunciado, a mí y a
Mario nos llaman, nos despedimos de María y Cristina con un apretado
abrazo. Nos formamos en la fila y nos entramos al avión. Dentro del
avión uno de los pasajeros se acerca a mí y me entrega unas
cartas que han mandado mis amigos que estaban afuera haciendo todo lo
posible para detener esta injusta expulsión. Caen mis lagrimas de no
saberme sola, la custodia que va a mi lado, me dice que qué me pasa, le
cuento mi caso; le digo que llevo viviendo en México 11 años, que mi
vida esta en ese país, que nunca se me dijo que estaba pasando, que todo
el procedimiento ha sido ilegal, que he sido golpeada y vejada por la
policía. Me dice que a ella le avisaron 30 minutos antes de subirse al
avión que viajaría a Chile, que a ella no le dijeron nada, pero que si
notaba que algo raro hubo en el procedimiento, porque normalmente antes
de deportar a alguien se pasa mínimo un mes en la estación migratoria,
que ha de haber sido una orden dada desde arriba. Ya asumiendo mí
expulsión me pongo a platicar con ella y le digo que lugares de Santiago
puede visitar el corto tiempo que dure su estadía. El cansancio y la
impotencia son demasiadas, me duermo. Me despierto con la
cordillera de los Andes en la ventanilla del avión. Bajamos del avión,
nos entregan a policía internacional, donde nos toman declaración del
porqué de nuestra deportación y/o expulsión. Afuera me esperaba mi
familia, llantos, besos, abrazos. Nos vamos al hospital a constatar
lesiones y rápidamente armamos una conferencia de prensa con televisión
y radio, en donde denunciamos la ilegalidad de nuestra expulsión y la
brutalidad policial de la que fuimos objeto.

2.- Después de lo que les he contado quisiera hacer de su conocimiento
mi total rechazo, indignación y rabia ante:
a) la utilización de la violencia física, psicológica y sexual como arma
de tortura y coerción en contra de las mujeres.
b) la brutalidad policial de la que fuimos objeto todos los detenidos,
más allá de nuestras nacionalidades.
c) la ilegalidad de mi deportación en dos sentidos: por haber estado mis
papeles migratorios en regla y por el rechazo al amparo presentando,
argumentando mi ausencia en el país, cuando yo aun estaba en México.

3) Por lo expuesto anteriormente anterior, estamos estudiando con
nuestros abogados, orientar nuestras acciones tendientes a lograr:
a) Se nos restituya el derecho a seguir estudiando en México por medio
de todo tipo de gestiones con el gobierno chileno y mexicano;
b) gestiones a nivel diplomático con la embajada de México en Chile;
c) poner una querella criminal contra la policía por delito de lesiones
d) entablar una demanda contra el estado mexicano por deportación
ilegal.

¡No a la violación, no al uso de mujeres y hombres como objetos, no a la
brutalidad y a la tortura, no a la justificación de la violencia!

Atte. Valentina Palma Novoa

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|Carta de Mario Alberto Aguirre Tomic |

Autor(a): Mario Alberto Aguirre Tomic Fecha: 7:16am Miércoles 10 Mayo 2006 Categoría:

Carta de Mario Alberto Aguirre Tomic

CRÓNICA DE LOS HECHOS ACAECIDOS ENTRE LOS DÍAS 4 Y 6 DE MAYO
Santiago de Chile, Martes 9 de Mayo del 2006

Miércoles 10 de mayo de 2006

01:10 Mi nombre es Mario Alberto Aguirre Tomic, soy estudiante de Antropología Social de la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH), desde el año 2002. Mi forma migratoria es de estudiante (FM3).
El día jueves 4 de Mayo en la madrugada llegué al pueblo de San Salvador Atenco, en el estado de México, como estudiante de la ENAH en práctica de campo, por medio de la Universidad Autónoma de Chapingo, con el objeto de realizar una entrevistas sobre los sucesos ocurridos el día anterior en torno a la muerte del joven de 14 años, Javier Cortés Santiago.

Sin embargo, a las 6:00 a.m. del día jueves 4 de Mayo comienza el operativo policial para la toma de San Salvador Atenco. La violencia de los hechos comienza a tomar proporciones incontrolables: el gas lacrimógeno lacera los ojos y las vías respiratorias, por lo que decido pedir refugio, con otras doce personas entre los cuales se encuentran dos compañeros más de la ENAH, en una casa particular. Una vez allí, preferimos permanecer ocultos hasta que se calmen los sucesos. Aproximadamente a las 7:30 terminan las detonaciones. Los vuelos de los helicópteros comienzan a ser cada vez más constantes y bajos.

Para las 8:30 de la mañana comienzan los cateos a casas particulares. En estas acciones es cuando soy detenido junto a las otras doce personas entre las cuales figuran los estudiantes de la ENAH (Arturo Manuel González y Renato Balderas).

Se nos hace pararnos contra la pared con las piernas abiertas y las manos apoyadas en la misma. Proceden a registrarnos y quitar todas nuestras posesiones, en mi caso material de trabajo (libreta y pluma). Un oficial pasa con una cámara de video y nos interroga sobre nuestros nombres y actividades.

Después se nos conduce a la calle y se nos obliga a sentarnos en la acera con las manos en la espalda para atarlas con una liga plástica. Comienzan los golpes e insultos por parte de la policía para después conducirnos al interior de un microbús donde nos esperaba una fila de oficiales para seguir con la golpiza.

Se nos apila uno encima de otro para ahorrar espacio y poder introducir a más detenidos en el vehículo. Las condiciones son estrictas en lo que atañe a mantener las cabezas bajas y sin intentar siquiera levantar la vista.

En esas condiciones continúan los golpes y es cuando soy testigo visual de una de las vejaciones a que es sometida una mujer que está sentada a un lado. Ella se encuentra con el torso desnudo mientras los oficiales la insultan y la golpean en los senos. Otra mujer que esta sobre mí, en la pila de cuerpos de la que somos parte, es brutalmente golpeada y su cabeza es azotada repetidas veces contra mi espalda.

Los golpes que recibo son de puntapiés, manotazos, pisotones y golpes con el tolete. Después de esto se nos hace pararnos para ocupar el espacio que queda entre los asientos donde se nos obliga a hincarnos manteniendo la cabeza sobre el asiento para no poder ver nada.

Comienza el viaje en el microbús que dura aproximadamente 2 o 3 horas. En este tiempo somos testigos de otra vejación en contra de una de las mujeres españolas, quien grita que por favor la dejen en paz porque la están asfixiando.

Después de los primeros minutos comienzan a entumecerse las piernas por lo que el movimiento se hace necesario. Pero a cada intento los policías propinan duros golpes de tolete. El tiempo que transcurre es excesivamente largo como para justificar el traslado al penal más cercano, la tortura comienza a ser psicológica: si acaso nos trasladarían a un lugar despoblado para ser asesinados y desaparecidos.

Después de las dos o tres horas por fin llegamos al final del recorrido con las piernas totalmente entumecidas. Los oficiales piden capuchas y somos llevados con las cabezas abajo hacia los mostradores de lo que después descubrimos era el reclusorio “Santiaguito”.

Serán aproximadamente las 11 o 12 de la mañana. Frente al mostrador se nos preguntan nuestros nombres, mientras solapadamente se nos golpea hasta que un oficial, al parecer del penal, ordena que no nos golpeen. Seguimos avanzando por pasillos y continúan preguntando nuestros nombres hasta que nos introducen uno por uno a un cuarto donde me quitan el cinturón.

Momentos después estoy dentro del penal, en el comedor, donde se nos sienta en las mesas. No podemos hablar. Posteriormente se nos llama uno por uno para tomar nuestros datos personales. Después separan a los que somos extranjeros del resto de los detenidos.

Es allí cuando encuentro a mi compatriota Valentina Palma Novoa. Hasta el momento nadie nos ha informado de qué se nos acusa. En el mismo comedor, pero separados en distintas mesas, nos hacen esperar. Se presenta el personal directivo del penal para constatar la presencia de los extranjeros. Resultamos ser cinco: dos españolas, una alemana y dos chilenos, incluyéndome.

Pedimos se informe a los consulados respectivos de nuestra situación y ubicación actual. Desde el principio las autoridades se comportan esquivas en relación a nuestra situación penal. Posteriormente se nos lleva a las instalaciones médicas para constatar lesiones.

Después de estas se nos lleva a tomar declaración de lo ocurrido y se nos proporciona un abogado de oficio el cual nos recomienda hacer la declaración y toman nota de esta última. Tras esto último se nos lleva de regreso al comedor, donde se nos proporciona comida. Ya es de noche y nos sentamos a esperar. Llega derechos humanos a levantar un acta de nuestros golpes y se registra por medio de video y fotos.

Después personal de la penitenciaria toma registro de nuestras huellas digitales y toma fotos de frente y perfil de nuestros rostros. Decimos que no estamos dispuestos a que establezcan antecedentes penales hasta que no se informe cuales son nuestros cargos. Pero insisten en que es solo un registro. Derechos humanos los interpela, pero el esfuerzo es inútil y debemos acceder.

Es hasta la 1 a.m., aproximadamente, del día viernes 5 de Mayo, cuando se nos dirige fuera del penal -donde ya se habían reunido civiles esperando la salida-, en dirección a las oficinas de migración. Nos introducen en una camioneta y comenzamos el recorrido: primero hacia las instalaciones del instituto nacional de la juventud donde nos espera una funcionaria de migración de la ciudad de Toluca. Partimos en dirección al Distrito Federal. En altas horas de la madrugada llegamos a las oficinas de migración. Aparentemente estas son las oficinas especializadas en casos de deportación. Nos registran y nos hacen pasar a la constatación médica donde nuevamente se toma nota de nuestras lesiones. Después de eso nos sentamos a esperar. Aún no se nos informa cual es la naturaleza de nuestra detención.

Ya en la mañana a la luz del día me comunican con el consulado chileno en México, donde se me informa que lo que ellos pueden hacer es verificar que el proceso se lleve en las condiciones legales que se ameritan. Después de esto comienzan otra vez los trámites de declaración.

Esta vez sin embrago las declaraciones son dirigidas en base a preguntas directas sobre nuestro conocimiento del EZLN y el sub-comandante Marcos. La insistencia estaba dirigida a asociarnos con los movimientos y dirigentes de San Salvador Atenco.

A estas alturas afuera ya se habían congregado los amigos y compañeros de la escuela fuera del recinto. No podemos comunicarnos con ellos; se nos prohíben incluso las señas a través de la ventana. En el transcurso de la declaración se acerco una abogada de Sin Fronteras, quien preguntó a que se debía nuestra presencia en esas oficinas, a lo que contestaron que lo único a lo que estaban abocados era a determinar si nuestra presencia en México era legal.

La abogada, entonces, presentó una carta de migración en la que constaba la regularización de mi condición migratoria de estudiante. Una vez terminada la declaración, la abogada tuvo que retirarse y fue cuando me trasladan al consulado de Chile, sin decirme debido a qué.

Soy escoltado en un vehiculo por cuatro policías. Una vez en el consulado jamás se me pregunta cómo estoy ni que es lo que necesito, sólo se me informa que se va a hacer entrega de un salvo conducto para que yo pueda salir del país. Regresamos entonces a las oficinas. Allí comienza un interrogatorio sobre la base de preguntas tendenciosas sobre mi supuesto conocimiento de grupos armados. Sin embargo el interrogatorio se ve interrumpido por los oficiales de migración que ya nos quieren listos en la salida posterior de las oficinas.

Las españolas ya se encuentran dentro de un vehiculo escoltadas por dos oficiales. A mi me introducen en otro vehiculo en espera de que traigan a mi compatriota. Otra vez la repetida pregunta que nadie quiere responder: ¿Adonde nos llevan ahora? Sin respuesta o excusas de ignorancia. Una vez dentro del vehiculo, yo y Valentina, mi compatriota, somos trasladados a lo que imaginamos es el aeropuerto. Los amigos y compañeros siguen pendientes nuestro traslado. El viaje es frenético. Nuestro vehículo intenta seguir el veloz paso del vehículo de las españolas. Una vez en el aeropuerto somos conducidos a unos cuartos, donde se nos mantiene retenidos y es donde se presenta policía de seguridad nacional, quienes nos toman fotos y apuntan nuestros datos personales. Después nos conducen hacia las salas de espera de los vuelos.

Son aproximadamente las 18:30, nuestro vuelo no sabemos a que hora sale. Esperamos y esperamos. A las 21:00 horas la alemana se retira a su vuelo. Nos suben al vuelo de Lan Chile del día viernes 5 de Mayo de 2006, a las 23:00 horas rumbo a nuestro país de origen, escoltados por dos funcionarias del instituto nacional de migración.

Después de ocho horas de vuelo y en territorio chileno aun queda el último paso: policía internacional. Sólo debíamos relatar una última declaración para quedar por fin libres. Y lo hicimos, el día sábado 6 de Mayo en la mañana.

Por lo anterior, estamos estudiando con nuestros abogados, orientar nuestras acciones tendientes a lograr:

1) El derecho a seguir estudiando en México por medio de todo tipo de gestiones con el gobierno chileno y mexicano;

2) gestiones a nivel diplomático con la embajada de México en Chile;

3) poner una querella criminal contra la policía por delito de lesiones; y

4) entablar una demanda contra el estado mexicano por deportación ilegal.

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